miércoles, 21 de septiembre de 2011

MI ESCUELA Y DOÑA TERESA

Y como principio tienen las cosas, también tienen final.

A aquellos años, de irrestricta libertad, se le vino a sumar la responsabilidad.

Era hora de empezar la escuela.

Y llegó el día en que, temprano en la mañana, salí de mi casa con mi mamá,
toda vestida de blanco (la túnica que aún se sigue usando, es de ese color) y con una enorme moña azul, abrigándome el pecho. Será que nos vamos por la vida, de blanco y azul, como nuestra bandera?

Y el correspondiente portafolio, ya que ni por asomo existían las malsanas mochilas que desde chiquitos, se encargan de poner en riesgo la columna vertebral de esos titanes que desde el pie, comienzan a caminar torcidos.

Iba a la escuela privada que tenía Doña Teresa. Una señora que cuando yo tenía seis años ya lucía muy mayor. E imponía un respeto rayano en el miedo.

Y así, ese primer día de escuela mi mamá me dejó junto a esa señora desconocida, que no usaba túnica y que dictaba sus clases en su propia casa.

Una hermosa casa con un hermoso juego de comedor. Mesa a la cual me senté, sentada en unas sillas de madera, oscuras e impresionantes, con respaldo tan alto, que allá estaba yo, abajo...con mi cabecita, tratando de ver qué se hacía con todo ese mundo nuevo.

Ese primer día de escuela también resultó imborrable en mi vida. Porque llegó un momento en que, tras estar sentada casi toda la mañana, tuve ganas de ir al baño.

Pero levantarme y pedir permiso no entraba en mis planes. Así que me hice pis, allí mismito, sentada en una de esas sillas, que con seguridad, nunca habrá olvidado el bello regalito que le hice.
Así empecé la escuela. Con un bautismo bastante sui generis, imposible de pensar en una niña educada como yo. No recuerdo si ya ese día fui con una cartita para mis padres, pero con seguridad la merecía.

Y así, un poco mojada, empezó la época de incorporar conocimientos.

Cada mañana mi mamá me acompañaba hasta la parada del ómnibus que pasaba por la ruta. Y allá nos íbamos con Tabaré, hijo de una familia vecina, viajando solos en ómnibus. Él también asistía a la escuela de Doña Teresa.

El regreso era mucho más arriesgado que ese paseíto que teníamos en la mañana.

El papá de mi compañero nos iba a buscar a la escuela.....en moto!!!!!!!!!

Y tal vez sería que, como su hijo era Tabaré, él viajaba adelante, sentado sobre el tanque del combustible, entre los brazos protectores de su papá....y yo, agarrada como podía, en el asiento de atrás, abrazada a los angelitos que con seguridad me traían entre sus brazos para que no me cayera.

Eran unos pocos minutos el viaje, y en moto, muy pocos. No parábamos como el bendito y seguro ómnibus. Igual, cada día, para mí, eran horas eternas de tortura calificada.

Pero siempre llegamos sin novedad a nuestras casas. Aunque el pánico del asiento de atrás no se me borra con nada.

No hace mucho anduve con un amigo en su maravillosa moto. También en ese asiento que me hacía sentir tan poca cosa. Y la sensación de libertad fue única.

La de respeto también.

Era una niña muy aplicada y la escuela me gustaba. Mis padres, es decir, los Reyes Magos, me trajeron un escritorio a mi medida. Y allí, ya desde chiquita, rodeada de cuanto papel anduviera suelto, de lápices de colores y hojas para los deberes, realizaba las tareas de cada día y quedaba libre en un rato, para el resto de las actividades compartidas, que no eran pocas y mucho menos, aburridas.

Debemos cursar seis años de escuela. Y al final los cursé. Pero de primer año pasé a........tercero!!!!!!!!!

Así que hice un año, que valió por dos y luego el segundo para pasar a cuarto.

Allí hubo un quiebre importante. Doña Teresa no daría más clases.

Escuela Pública para mí y a cursar el cuarto año!

Desastre. Pero de verdad, desastroso.

Tengo muy claro para mí la forma en que escribía en un cuaderno de rayas, común.

Las rayas no eran una guía. Mis letras, erráticamente, se mezclaban entre éllas y era bien difícil encontrar aplicación en esas hojas que se iban amontonando.

Sí recuerdo claramente a la maestra de cuarto escuchando radio en clase. Nunca supe cómo se llamaba.

Yo estaba adiestrada en el cuerpo a cuerpo. Estaba acostumbrada a la vigilancia amorosa y personal a la que nos sometía Doña Teresa.

Igualmente, llegó el final de ese año y.......pasé a quinto año!!!!!!!!

Otro quiebre.

Porque mágicamente, Doña Teresa seguía dictando sus clases y allí fui a parar de nuevo.
Pero claro...ya no era aquella niña que trabajaba con tanto cuidado y dedicación. Pensándolo, qué poca falta de atención hace falta, para que confundamos los caminos.

Y yo transitaba uno que me llevaba, con seguridad, a una calle que terminaba en la nada.

Pasó que, un día, mi maestra me encomendó un trabajo, como todos los días.

También pasó que ya no tenía sino sólo una hoja de deberes para hacerlo. Y para peor, rota!

Era un tiempo en que, sobre todo las niñas, adornábamos nuestras hojas con pequeñas figuras que tenían brillantina...Eso hacía que el trabajo encomendado quedara definitivamente terminado....como con la firma personal de cada uno.

Y era tener esas figuras o conseguirlas. Entonces no había revista que se resistiera...o Billiken que no nos las proporcionaran.

Y así hice con esa bendita hoja. Le coloqué la correspondiente figurita, pegada del lado derecho de la hoja....justo, justo, donde estaba la rotura. Esas bellas figuritas quedaban pegadas, siempre, del lado izquierdo...

Creo que fue el acto que selló todo lo que vino después, inclusive la cartita a mis padres, que de ésa, sí tengo recuerdo.

O María Cristina cambia... o no la puedo tener más conmigo....así sentenció Doña Teresa.

Y a partir de ese día vinieron los cuadernos de caligrafía...muchos. Y las copias de cada día.

Era mi obligación, además de llevar los deberes como corresponde, llevar el cuaderno caligráfico y la copia de diez renglones de lo que fuere, pero copia, copiada viendo ante mis ojos el texto correspondiente.

Y así pasó el quinto año...entre deberes, cuadernos especiales y copias.

Esta mujer bajita y canosa sabía muy bien lo que debía hacer con los que habíamos perdido el norte.

Y así llegué al sexto año con sólo diez años. El primer año inicial, doble, me eximió de un gasto de tiempo inútil, que luego se invirtió en repetir ese último año, para no pasar por un examen de ingreso innecesario, ya en la ciudad. Se puede creer??’

Teníamos fiestas como en cualquier escuela. Recuerdo cuando armamos toda una escena de preguntas y respuestas con la ayuda de mi papá...

Entonces....aquello de que....de qué color era el caballo blanco de Artigas...? y tantas más obviedades, integraron una de esas fiestas, compartidas con amor entre los alumnos y aquella formidable mujer que tenía muy en claro qué se les debe dar a los niños que asisten a tomar clases.

Sumar y restar eran una realidad. Tal vez que también, las leyes gramaticales y los verbos.

Pero hubo tanto amor en esos años, tantas cosas incorporadas a los que no sabíamos nada, que sé que Doña Teresa cumplió con su misión en esta vida.

La calle de su casa, que era mi escuela, tenía un olor especial.

Luego supe que el olor de su casa era el que se esparcía por la calle.

Y en la esquina de mi escuela me bajé un día del ómnibus, llevando una bellísima torta para uno de nuestros festejos. En una caja que la protegía, tapada de merengues secos....rica, sólo de verla.

Pero...siempre hay un pero en casi todo. Y yo me encontré con todos los peros habidos y por haber...

La torta no contaba con las que eran mis acrobacias diarias. Y así, con aquella caja grande en mis brazos pequeños...salté algo que había en la vereda.

No fue una novedad aterrizar con mi cara en la caja que contenía la torta.

Tampoco fue el llegar, ya ni sé por cuál vez avergonzada...con la torta aplastada y yo, desolada de que el saltito me hubiera salido tan mal.

Y así, con diez años de mi vida había terminado, con altibajos...muchos más bajos que altos, en cinco años....los seis años de escuela.

Mi abuela Celia y mi tía Mirta habían regresado a Montevideo. Y el tema fue, que a pedido de mi abuela, yo viniera a la ciudad a seguir estudiando.

Y una noche me senté en la falda de mi papá para pedirle permiso.

Cuando cumplí once años estaba en la casa de mi abuela y cursando por segunda vez, ese sexto año, terminado antes del tiempo correspondiente, cuando una inundación feroz en mi país, dejó bajo agua tantas ciudades y pueblos...

Ahora, 50 años después, ha pasado lo mismo.

Pasaron muchos años. Y terminé el Liceo. Y luego los dos años de Preparatorios de Abogacía.

Empecé a trabajar.

Quise nuevamente saber de Doña Teresa, porque sabía que aún vivía.... no habían pasado menos de veinte años, entre mi escuelita y esta realidad diferente.

Localicé a su hijo, en su trabajo.

Le conté quién era. Y mi enorme deseo de ver a su madre, ya viejita.

Y así, una tardecita, compré un hermoso ramo de rosas amarillas, y toqué a la puerta de la casa de su hijo. Ella vivía allí.

Estaba igual a cuando nos dictaba las clases, que tanto nos enseñaron. Pero igual...

Sólo que ella ya no me recordaba.

Estuvimos hablando un rato, mientras yo la veía con veinte años menos, igual que ahora.... pero sin  ella poder saber quién yo era.

Al cabo del tiempo me felicité.

Nunca hubiera podido poner una sola flor en su ataud.

Las que tenía para darle, con todo mi agradecimiento y con todo mi amor, se las dí ese día.

Así, como en su vida, ella puso tantas flores en los que tuvimos el honor de ser sus alumnos.

Ella se llamaba Teresa Pousse de Mazzuchi.

Fue mi primer maestra, y como verán, su vida sigue intacta.

Su recuerdo es imborrable y ella también fue partícipe de esos años de mi vida, que me marcaron para siempre.

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