jueves, 8 de septiembre de 2011

CHANCHA CON CRÍA....

Las pariciones no tenían nada que ver con la gente chica de la casa.

Perras, ovejas, vacas, chanchas...eran asistidas y acompañadas por los mayores.

Nos estuvo vedado presenciar el milagro de la vida, aunque después jugáramos
con los cachorros y nos tocara cuidarlos.

Los perritos siempre fueron nuestras muñecas preferidas. Y aunque muchas veces se negaran a nuestro amor manifiesto, no había cómo ni por dónde escapar a los rebozos y las cunas. Éllos eran chiches vivos y allí no había pila ni batería que se descargara por tanto jugar.

Eran, el campo y sus seres vivos, y esa Naturaleza pródiga, nuestros eternos compañeros.

En casa se criaban cerdos, también. El papá de casi todos los cerditos se llamaba Marcial. Un bicho impresionante, pero impresionante de verdad.

Cuando Marcial murió mi papá se quedó con uno de sus colmillos, y muchas veces lo ví, en una cadena, colgando de su cuello.

Llegaba el momento en que las chanchas parían.

Diez, doce, quince lechoncitos bonitos, rosados y chillones...!

Éllas tenían un chiquero con las correspondientes reparticiones, y en cada una, una chancha con su cría.

Los chanchitos dormían todos juntos, como su estuvieran en un nido. Unos por arriba, otros por abajo...nunca faltaba el loco que se subía a esa montañita y deshacía ese bello lugar de vida y calor.

Las chanchas eran muy grandes también. Se ponían inquietas cuando amamantaban. Eran demasiados los hocicos presionando su panza en busca de esa leche caliente, reparadora y que con los días volvía a esos cachorros más y más grandes.

Era en ese momento en que nos subíamos al techo del chiquero, que tenía una caída hacia atrás, supongo que para que esos bebés no se mojaran, si llovía.

Y allí nos sentábamos, con las piernas colgando y agachándonos a cada momento para ver si la chancha cambiaba de posición. Muchas veces al hacerlo apretaba a alguno de sus hijitos y de lo que se trataba era que no terminaran muertos debajo de su mamá.

Una tardecita estábamos en nuestro puesto de vigilancia y una chancha se dio vuelta, cansada de tanto hocicazo. Quedaron algunos apretados, chillando con ese chillido tan especial que tienen los porcinos.

Eso, y que yo me largara desde el techo al piso del chiquero, fue todo uno.

Pero más todo uno fue la reacción de la chancha.

Se paró, volaron los bebitos para cualquier lado, se me vino y me arrinconó, con una furia como sólo una madre puede sentir si ve amenazados a sus hijos.

Entonces, la que empezó a chillar fui yo. Con un susto de muerte. Y más chanchito que los pequeñitos. Pero ni modo...ya estaba en ese lugar y el tema era salir de allí lo más rápido posible.

Mi padre andaba en la vuelta. Y salió disparado hacia el chiquero, me levantó por los brazos y me sacó de esa trampa mortal.

Al otro día, estábamos de nuevo en nuestro puesto de trabajo: sentadas arriba del chiquero, observando que ninguna chancha apretara a ningún chanchito.

Y cuando hablo de bendiciones, que las tuve y como verán fueron muchas, no termino de lamentarme por tanto niño confinado a un departamento, que tal vez tenga hoy las comodidades que yo no tuve en mi niñez, pero que a lo mejor cree que una vaca da leche si le mueven la cola.

Creo que fue ese campo, libre y generoso, el que me enseñó la libertad responsable
de vivir sin molestar al de al lado, de sentir y poder expresar mis sentimientos, de agradecer a mis padres y a Dios por una niñez completa y feliz.

Empecé la vida conciente sin saldos negativos.

Tuve la niñez que hubiera querido para mis hijos.

Y la verdad...creo que de haber sido diferente, yo no sería la persona que soy.

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