Ya les he contado que en nuestra chacra había un galpón grande.
Inicialmente era, y siempre lo conocimos así, el galpón de la carpintería.
Había dos bancos de carpintero, una sierra circular y otra más chica y un torno.
Sobraba mucho espacio, pero con el correr del tiempo, todo se había ocupado. Porque ese galpón era el desahogo familiar y no de una sola familia.
Allí fueron a parar las cosas más insólitas.
Cientos de envases vacíos. La leña que amorosamente cortábamos, para el invierno. Todas las herramientas de la casa. Partes de alguna mudanza inconclusa de algún vecino confiado en mis gentes.....de todo, pero realmente de todo.
Muchos papeles, una máquina de sulfatear, las palas y horquillas que alguna vez se usaron.
Marrones, estacas, palos y palitos.
Asientos, tablones...y vaya si sirvieron. Porque cuando cumplí treinta y cinco....ayyyy....años....esa noche el festejo lo realizamos en el galpón.
Que en Marzo haya mucho viento y frío, no es común, pero esa noche sí los hubo y menudo trabajo tuvo Isabelita para que las treinta y cinco velitas de mi torta no se apagaran antes de que yo pidiera mis tres deseos y finalmente, ayudada por ese viento cómplice pudiera, de una sola vez, apagarlas a todas.
El verano era de alguna manera el tiempo de hacer nuestro trabajo de hormiga, pensando en el invierno. Y así, en ese galpón poníamos todas las ramas y todos los árboles que trabajosamente traíamos desde el fondo de la chacra para en algún momento cortarlos y dejarlos secar.
No fueron pocos los días que, trozador en mano y espalda completamente intacta, de todos, nos dedicamos a cortar y cortar. Y a luego poner en un lugar seco para que esas astillas estuvieran maduras, cual fruta prohibida, y poder entrar a la estufa, que con su enorme boca se las tragaba de a una, llevándose así tantas horas de nuestro trabajo, pero regalándonos con un fuego bello y amoroso que siempre nos tuvo a su alrededor.
Y a ese galpón fue a parar mi primera cama. No de grande, pero no de niñita.
Una hermosa camita con barrotes torneados, hecha por mi gente que tan bien sabía trabajar a la madera.
Una materia prima inigualable y generosa que desde siempre ha estado a nuestro lado...
Y todo lo que nos da un árbol tiene que ver con nuestra vida.
Su sombra, que nada tiene que ver con el aire acondicionado, pero que tánto nos guarda de un día de calor.
Sus flores, que en un árbol parecen tan extrañas y que a veces están a mucha distancia por arriba de nuestra cabeza. Y más extrañas parecen.
Sus frutos, a los que todos algunas vez nos prendimos como si fuera el último bocado que fuéramos a comer. Frescos y deliciosos. Aunque muchas veces, calientes y robados....sería por eso que sabían mejor.
Y ese lugar final a donde todos vamos a parar y lo increíble es que el árbol sigue siendo amoroso, porque aunque lo cortemos y lo tajeemos, él sigue siendo siempre nuestro abrigo.
Con esa camita chantajée a mi primer ahijado....pobrecito. Él no estaba acostumbrado a estar sin sus padres y esta madrina, loca desde el vamos, insistió en llevarlo al campo.
Angelito....cuando la tarde empezó a irse, él también quiso irse con sus papás. Y el tema era que...no se iba. Se quedaba conmigo.
Si hay noches inolvidables, ésa fue una.
Le prometí de todo....villas y castillas...amores y besos...no cama de la madrina si no se dormía...y menos el colchón.
Una madrina de una maldad como nunca antes ví. Ni la peor madrastra del peor cuento infantil.
Así nos agarró la madrugada...en tratos no aceptados y amenazas no cumplidas. De haberlas cumplido no estaría ahora escribiendo sobre esto....
Y cuando llegó la mañana Nacho, cansado de toda una noche de torturas, se durmió. Y yo me levanté en cuatro patas y reptando....tan mal me sentía... pero esa camita que luego estuvo en el galpón, fue por muchos años la camita de mi ahijado, cuando chico.
Y a ese galpón vinieron a parar unos sillones de una vecina que se mudaba. Grandes, hermosos en su hora. Tapizados de terciopelo bordó, que supieron contenerme con Lobo y que el tiempo fue dejando blancos y raídos.
Al lado del galpón había un montecito de ciruelos. Y en el verano se sentía el zumbar de las abejas.... y un poco asustaba.
Pasó que estos seres inteligentes eligieron a uno de los sillones para hacer su colmena. Y en lo que sería la estructura de uno de sus brazos, armaron su panal.
Nosotros, en la casa de al lado del galpón poco sabíamos del afán de estas trabajadoras natas.
Pero un día padrino fue a buscar algo y regresó hinchándose por todos lados. Las abejas habían entrado por la parte de abajo de sus pantalones y lo habían picado.
El galpón se convirtió en un peligro, y las abejas en una amenaza confirmada.
Y así, consultamos con quien tenía colmenas y estaba acostumbrado a manejarlas.
Se descolgó con la noticia de que el panal tenía entre 80 y 90.000 abejas. Y que era muy difícil sacarlas sin lastimarlas.
Y así se decretó la matanza.
Y así llegó una tardecita, vestido como de astronauta, pero de entrecasa, y como si fuera un parto, pero al revés, se empezó por calentar agua.
No era un nacimiento lo que venía....no!
Fue horrible para éllas y para todos nosotros.
Más horrible fue levantarnos al otro día, aún borrachos por el olor de la miel caliente.
Ver las que quedaban vivas, volar, enfurecidas y desnorteadas, fue muy feo, pero ya no tenían su casa y no sabían para adonde ir.
Habrán sido las abejas las que sellaron nuestro destino y las que dispusieron que también nosotras nos quedáramos sin nuestra casa?
Quiero pensar que no. Y quiero pensar que nos perdonaron por ese día horroroso que vivimos todos. Éllas y nosotros.
Y así terminó su vida aquel hermoso sillón, que nos contuvo a Lobo y a mí, llenos de vida y que contuvo a todo un enjambre, también lleno de vida, pero que debió irse, por fin, de nuestras vidas.
En homenaje a mi hermana del alma argentina y a Graciela, intento nuevamente darle forma a este blog. Y cuando digo mi hermana del alma argentina, así sin nombre, lo tiene, pero no quiere que sea conocido...ella igual sabe que es mi amiga del alma y en algún lugar del tiempo nos encontramos para ya no separarnos más...

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