miércoles, 28 de septiembre de 2011

LA GARROTERA



(así era nuestra Diana. Un hermano menor que fué abandonado
pero luego amado, habiendo encontrado su lugar. El hogar
de mi madre y de mi padrino.
Fué nuevamente trasplantada, sin que su voluntad tuviera nada que ver
en esa decisión.
Conoció una nueva casa y unas nuevas gentes.
Y creo que allí se fué de pena...no era tan mayor
ni estaba tan enferma, pero entendió que irse
era lo mejor.
Ya no estaba Francisco, guardián de su cachorra,
ya no estaban ni la mano de mi madre,
ni el amor de mi padrino
Ya no estábamos todos en su casa,
porque ella era quien marcaba presencia
y se fué, como casi todas Nuestras Sombras
al cielo de los perros
que, pensando....muchas veces  creo que es
bastante mejor que el cielo de los humanos


Y allá nos fuimos todos, a un lugar diferente de nuestra geografía diaria y citadina

Mi ahijada y su esposo, después de casarse, se fueron a vivir a Treinta y Tres. Un departamento arrocero....con mucha gente rica y demasiada gente pobre, tal vez, como en cualquier rincón de nuestro país.

 Treinta y Tres capital, ciudad baja y gris, confinada a unas cuadras en el centro y extendida en casitas, que según los barrios, son mejores o peores.

 Con gentes bien diferentes a las gentes de Montevideo.

 Allí la solidaridad es moneda corriente, todos se conocen y son educados y callados.

Se puede recorrer la ciudad dejando la casa abierta y regresando en horas, todo permanece igual...demasiado estático, pero sin sorpresas desagradables.

Y allí fuimos todos. A una casa acojedora. Y a esa misma casa se dirigió Diana, un día.

Y como por arte de magia apareció esa mezcla rara de pastor inglés con barbilla. Tenía 3 años y secuelas de una joven edad resistida, a lo perro, pero que había dejado sus huellas.

 Era común ver a Diana en el pasto rodeada de perros, pero sin que le pasara nada...los perros babeantes y expectantes y, ella....tranquila....tendida en el pasto del invierno o del verano....con una cara prodigiosa, siempre pidiendo amor y caricias.

Y en esa casa se anunció un hijo. Y todo fue felicidad y espera.
 Pero este niño venía queriendo salir de su nido mucho antes de su tiempo....y allí Diana vino por primera vez a la casa de mi madre.

 En un camión....por varias horas de viaje...se encontró en otra casa, con campo, dueña de sus andares...de sus excursiones y de sus amigos, que puntualmente la visitaban sin que pasara nada.

Su nuevo amito nació y regresó con su gente, a su casa y a sus pagos.

Siempre se reconocieron y aunque él ahora tenga a otra perra...su cachorra siempre fue Diana.

Y una nueva mudanza. El regreso a Montevideo. Y un apartamento. Y Diana que finalmente pasa a ser un integrante más de nuestra familia y se muda al campo y a su libertad.

Y muchas veces en las noches tenía sus ataques. Primero rascaba el piso...se quedaba dura y empezaba a temblar.

 Ella sabía de sobra que estaba acompañada en sus penares, porque la pequeña y cálida mano de mi madre le daba la seguridad que en esos momentos le faltaba.
 Y allí las veíamos a las dos.

Diana en el suelo temblando y mi madre a su lado, sosteniéndola y acariciándola.

 Hablándole suave para que se tranquilizara y nuevamente la magia surtía su efecto.

Diana se incorporaba y salía contenta, moviendo su cola, agradeciendo el amor que había sentido.

 Y un ataque más, quedaba atrás.

En mi casa eso era conocido como …..la garrotera

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