domingo, 11 de septiembre de 2011

ABUELA TEODORA

Mi abuela Teodora no era mi abuela.

Era una prima hermana de mi querida abuela Celia, que crió a mi mamá desde que ella tenía, tal vez, 10 años.

Mi abuela Teodora era una bella mujer, bajita, y a juzgar por sus rasgos, descendiente de indígenas.

Tanto que me sigo lamentando de no tener indios en mi amado país...ella, con seguridad era, descendiente de charrúas. Y era mi familia!!!!!!!!

Piel aceitunada, cabello lacio y renegrido, pómulos altos, pero todo armoniosamente. Tenía un hermoso semblante. Su pelo, larguísimo, lo peinaba en dos hermosas trenzas que luego entrelazaba y formaba desde su nuca y para arriba, un moño tupido y negro y lleno de invisibles, que usaba para sostenerlo.

Mi mamá se fue a vivir con ella. Ella era una señora acomodada, sin hijos, que quería estar acompañada. Y podía. Su esposo había sido Juez de Paz y al morir dejó arregladas las cosas como para que ella no pasara necesidades. Tenía una hermosa casa, que usufructuaba, en principio, de por vida. Y allí, había criado a otras gurisas, de familias pobres. Y allí fue a parar mi mamá, agradeciendo desde el vamos, la suerte que había corrido.

Si bien abuela Teodora era gente que, que no de este siglo, tampoco del pasado...había nacido en el Siglo XIX, llevaba consigo la impronta del tiempo que le tocó vivir.

Allí mi mamá, que había nacido en campaña, conoció la bicicleta, la luz eléctrica, la radio..y tantas y tantas cosas.

Y esa señora bajita y dulce tenía el carácter suficiente como para administrar a tres muchachas jóvenes, niñas en su primer momento...un poquito más creciditas después, pero con mano férrea, aunque definitivamente amorosa.

Esta abuela adorada estuvo varias veces comprometida con su ida definitiva de este plano. Tenía, tal vez, un poco flojo el coco...porque era allí a donde iban a parar todos sus temas.

Y no fue por solo una vez.

Pero la más seria fue, cuando ya estaban en Montevideo y tuvo un accidente en la calle. Quedó en coma por un mes completo. Un golpe muy fuerte en la cabeza la dejó inconciente y así siguió.

Y allá estaban, mi mamá o mi tía o sus otras hijas del corazón, cuidándola, sin ella despertar.

Un buen día, abrió los ojos, en el hospital. Tal y como si se hubiera dormido ayer..

Allí ella contó que había estado en otro lado. Hermoso, bello y tranquilo. Dijo que en ese lugar había estado con todas sus gentes. Su madre, su padre, sus hermanos. Pero un día, que tal vez no era su tiempo de irse, volvió. Y se mejoró. Y todos estuvieron felices.

Mi mamá me cuenta que todos creyeron que ella estaba loca.

Pero con los años, leer Vida después de Muerte tuvo mucho más significado para nosotros... ya sabíamos cómo era la cosa.

Cuando aún vivía afuera y mi mamá con ella, adoraba a uno de sus sobrinos. Ese hijo del alma para ella, era mi papá.

Joven, lindo, rubio, de ojos celestes. Papá se había peleado con mi abuelo, cosa que pasó a lo largo de la vida de los dos, siempre. Y se fue para la casa de abuela Teodora.

Las historias en Paso de los Toros que cuenta mi madre son, todas, increíbles.

En la casa de abuela era pensionista el Dr. Bernando García. El era abogado y en su momento había atentado contra la vida de uno de nuestros dictadores: Gabriel Terra.

Mi madre recuerda que este hombre se vestía muchas veces de blanco y que siendo abogado, defendió allá, a un violador....y lo salvó de la cárcel.

Parecería que desde siempre, nuestra justicia tiene sus lados oscuros, los que puntualmente, siempre se han manifestado. Dentro de la dualidad de la legalidad, claro...pero qué fiel tan infiel el de esta balanza..!

Una noche mis futuros padres habían ido a bailar al Club de la ciudad.

Casi se murieron cuando este señor contó a mi abuela que mi papá y mi mamá habían sido los mejores bailarines de tango de la noche. Éllos, seguramente, andaban escapados, buenamente, sin picardía, pero jóvenes y lindos. Y ya uno sabe las cosas que pasan cuando somos jóvenes y lindos....

Mi mamá vivió con ella unos cuantos años. Y al llegar a su juventud, se vinieron a Montevideo.

Mágicamente pasan las cosas.

Hoy, yo vivo, exactamente enfrente del apartamento que éllos ocuparon al venirse a la ciudad.

Y una tarde sí y otra también, cuando salimos con mi madre a la calle...ella dice que es increíble que hoy, esté en casa, exactamente enfrente de donde ella vivió con mi amorosa abuela Teodora, tantísimos años antes que ahora...qué cosa loca el tiempo, no...?

Luego mi madre y mi padre se casaron. Abuela vivió por un tiempo corto con un hermano, aquí en la ciudad.

Personajes si los hay, ese era él. Y será inevitable que recuerde algunas cosas..aunque esa, será otra historia....

Pero luego mis padres, ya casados y conmigo, se fueron a administrar una avícola.

Y allá fue mi abuela con todos nosotros a seguir la vida.

Luego éllos se fueron para nuestra avícola...y abuela, nuevamente con éllos.

Está en todas esas fotos familiares, linda...delicada, con sus lentes montados en oro y ese hermoso delantal blanco, largo y con peto...debe ser de ese tiempo que mi madre es adicta a los delantales de entrecasa y para hacer todas las cosas.

Imposible de sacárselo. Porque aún estando sentada y sin hacer nada, lo tiene puesto.
Pasaron años en nuestro amor familiar.

Era para mí una delicia, y me felicito por haber vivido esos momentos, cuando llegaba la noche.

Después de la cena yo me iba con abuela a su cama. Nos sentábamos, cada una al lado de la otra, y allí ella empezaba con ese ritual, imposible de olvidar....uno a uno los invisibles de su moño perfecto salían de su lugar....cada trenza profundamente negra, caía sobre cada uno de sus hombros...las deshacía con amor...y luego cepillaba ese pelo azabache que los años no habían logrado desteñir.

Un camisón blanco y grande se ponía. Y nos metíamos en su cama, las dos.

Y allá venían sus maravillosos cuentos.

Flor Blanca era uno de mis preferidos.

Era una hermosa niña enamorada, como corresponde, de quien no corresponde.
Y esos amantes resolvieron fugarse un día.

Y allá... abuela relataba acerca de todos los subterfugios que éllos usaban en el escape para que sus familias no pudieran encontrarlos...

Iban en un carruaje, en plena noche....pero al acercarse alguno de sus perseguidores, Flor Blanca soltaba un puñado de clavos...eso hacía que una maraña de árboles espinosos brotara de la nada y quienes los seguían sucumbían por un rato en esa horrible trampa. Así, largaba a sus espaldas, un poco de ceniza, que se convertía en una horrible tormenta...éllos siempre escapando...

Los modos y maneras de ese escape, cada noche que me contaba, eran diferentes. Y con seguridad me he olvidado de casi todos los trucos que Flor Blanca empleó para salvar su amor de los prejuicios.

Cuando abuela terminaba con su cuento, me bajaba de su cama alta, que no lo era tanto... era yo la bajita, y allá me iba al cuarto de mis padres, a mi linda cama y me dormía, llena de hermosos sueños y en la seguridad de todo el amor que me rodeaba.

Era un bello tiempo.

Tal vez escribiendo estos recuerdos se pudiera pensar que vivo esclava de los mismos. No es así.

Sé que fui bendecida por hermosos momentos junto a hermosa gente y si no hubiera aprendido, éllos, no estarían muy contentos hoy.

Estén donde estén, que yo sé dónde, sé que siguen a mi lado, nutriéndome de ese amor incondicional que para mí es necesario para seguir viviendo y respirando.

Con la completa seguridad de que aprendí las exactas lecciones que debí aprender.

Pero un día abuela Teodora se enfermó.

La trajeron a Montevideo, para operarla.

Pero ya no había muchas más cosas para hacer.

Y llegó el día en que volvió nuevamente a casa, pero ya muy enferma.

Una mañana, muy temprano, mi mamá vino a levantarme.

Esa dulce mujer tuvo la suerte de irse, rodeada de sus amores. Y en paz.

Fui a darle el último beso.

Tal vez fue porque el velatorio iba a ser en casa. Pero a mí me mandaron a la casa
de mis vecinas y amigas de toda la vida.

Y allá me fui, caminando sola, con una varita, con la que tocaba los pastos altos para que cayeran las traslúcidas y brillantes gotas de rocío que en la mañana temprana aún no se habían evaporado.

Siendo una mujer pequeña, mi abuela Teodora ocupaba un lugar muy grande en nuestra casa y en nuestra familia. Así me pareció, por el inmenso vacío que dejó al marcharse.

A veces, mucho antes, sentía, que al irse un ser amado venía a instalarse un enorme agujero en mi corazón.

Al pasar el tiempo supe que eso era una ilusión creada tal vez por la ausencia física.

Cada uno de mis amores que han partido siguen ocupando el mismo exacto lugar que ocupaban cuando estaban entre nosotros.

Y a veces, sus presencias son tan cercanas, que no dudo que abuela Teodora sea quien guía mi mano, ahora, al escribir sobre ella y sobre el inalterable amor que siempre nos tuvimos.


 (He podido agregar su foto a este relato.  Las huellas del tiempo transcurrido no han logrado cambiar la belleza ni la ternura que emanan de su imagen. La conocí mayor y con pelo renegrido peinado en trenzas alrededor de su hermosa cara. Esta ha sido la abuela de mi corazón. La vida me dió a mis dos otras abuelas, pero ésta fue un regalo de Dios)

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