Las ví construyendo su nido, las ví muy laboriosas, las ví compenetradas en su tarea porque era importante lo que se venía.
Pero en el todo en que vivimos, ninguna especie deja de sentir lo que sentimos.
Y si alguna vez hubo amor,
muchas veces deja de estar.
Y si mis papás se separaron porque ya no se amaban,
por qué no lo harían estas palomas que me han acompañado y alegrado tantos días!
Lo cierto es que la ví allí, sentada, amorosa, sin levantarse aún cuando el árbol se mecía tan fuertemente.
Pero el palomo se fue.
Y ella quedó sola y sin comer, abrigando ese nido de amor.
Hace días que veo esas ramas entretejidas, solas, y sin la paloma.
Ayer, y como cada vez que puedo, miré hacia arriba, hacia el árbol.
Las ramitas abandonadas.
No sé si había huevos en el nido.
Y en determinado momento vino la paloma, sola, se apoyó en una rama como para verme.
Y nos vimos.
Yo no le pregunté por qué se había ido.
Sé de abandonos.
Sé que vino a despedirse y me miraba con la misma atención con que yo la miraba.
Salgo cada vez que puedo pero ya no están allí.
Empezar una primavera extraña, con mucho de frío y más de dolores, no es lo que hubiera querido hacer.
Pero han puesto el mismo amor que yo le he puesto a mis cosas.
Las que puntualmente, casi siempre, no han salido bién.
Y así salgo todos los días, esperando verla.
Pero sé que ya no volverá hasta la otra primavera.
Y en ese tiempo mágico, del renacer de todas las cosas, yo sé que me encontraré con esta paloma que vino a mostrarme lo que yo también hice, en algún momento.
Yo también por abandono, abandoné.
Y por eso, nos perdonamos las dos.
Nuestro Padre sabe de cobardías, pero más sabe de amor.
Y sé que nos ha perdonado a las dos.

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