lunes, 12 de diciembre de 2011

EL GALPON DE LOS CONEJOS

(No es una foto de nuestros conejos. Pero da la exacta
perspectiva de lo enormes que eran. Y no es porque yo fuera chica.
Son así de grandes y hermosos)

En la Avícola Cristina, había dos aljibes. Uno cuadrado, bien pegado a la casa y un poco más allá, uno redondo. En los dos hablábamos para escuchar el eco..

Al lado de ese otro aljibe estaba el galpón de los conejos.

Cuando mis padres se fueron a vivir a la avícola criaban conejos de angora.

He visto alguna medalla, que en algún rincón de la casa debe estar, de uno de los premios recibidos.

Habían presentado  un Gigante de Flandes que pesaba....diez kilos!!!!!!!

También en la Asociación Rural de mi país, concursaban con gallos y gallinas Legord. También ví, en su momento, las fotos, de aquellas bellas y blancas hermosas criaturas.

Pero en aquel galpón se criaban y guardaban y pelaban...  los conejos.

Veo nítidamente a mi madre con alguno de aquellos enormes conejos peludos, apretándolos suavemente entre sus rodillas y pelándolos. Un suave movimiento sobre el pelo,  pero a contrapelo,  los dejaba rosados, mientras una montañita se hacía cada vez más espesa, con la exacta consistencia de una nube.

En esa época siempre tenía camperas de angora. Claro que no eran de nuestros conejos, pero tenían la misma suavidad y el mismo amoroso calor que se desprendía de aquellas fibras vivas.

Ese galpón estaba dividido como en cuatro estancias bien definidas.

Al principio en las dos que daban al este se guardaban los conejos.

Cuando ya no los criaron, en ese lugar había un espacio para alguna de las vacas, otro para los arreos de cada uno de los animales que se uncían, otro en donde se ponía la alfalfa, que se iba secando pasando los días y era el alimento  de todos esos compañeros que allí vivían y otro, tan claro en mi memoria, donde quedaba Sombra, la mayoría de las noches.

Cada uno de esos lugares estaba claramente demarcado y cerrado.

Y ....era una casita bajo techo en la cual jugar muchas de las veces.

Mi mamá cuenta que una vez, mientras pelaba conejos, estaba con su hermano mayor, que a esa altura, era apenitas más jóven que mi mamá, que era muy jóven!

Se desató una tormenta fuerte. Ellos en el galpón, a dos pasos de la casa, pero sin moverse, porque el viento, la lluvia y la tormenta eléctrica no se lo permitían.

Así mi madre dice que hubo un trueno espantoso. Y sentados como estaban con mi tío Verónico, vieron entrar una luz, corriendo por el piso del galpón. Se quedaron como petrificados. Aquella luz rastrera recorrió algunos lugares y finalmente salió por la puerta para afuera....era una centella!!!!!

Imagino la palidez de mi madre, la de mi tío, y los nervios del pobre conejo, que además de estar quedándose sin pelos, se debe haber visto muy cerca de su partida.

Allí, en ese galpón jugábamos mucho.

Tantas veces nos balanceamos de los travesaños que sostenían su estructura.

Cocinábamos. Nos tirábamos de cabeza en el lugar de la alfalfa. Entrábamos por la puerta trasera y salíamos por la delantera, sin parar...qué pilas se tienen en la infancia. Mucho más en aquella. Nada de lo que existe hoy existía. Sólo la corriente eléctrica, pero en mi casa...no había.

En el espacio del cual era dueña Sombra, teníamos algo así como la pista de equilibrio, o de malabares...es decir, un recinto acotado, con los benditos palos, un espacio que no era nuestro y a la altura de nuestras cabezas, la batea en donde se ponía la comida de Sombra.

En el día Sombra no estaba allí. Pero sí nosotras.

Y como cada vez que se armó algún problema por nuestras tropelías, la que resultó lastimada fue...inevitablemente Esther.

La prueba era subirse, por los palos inamovibles a la altura de la batea. Allí, el balancearse de mentira....era intentar despegar el cuerpo de la estructura y hacer un salto y caer lo mejor posible.

Cada una probaba. Lo mejor que podía.

Así fuimos cayendo de a una al suelo, cubierto de pasto, que era la cama de nuestra amada yegua.

Claro, Esther no iba a caer como todas. Ella se las ingenió y voló. Desde los palos hasta la batea que dio en el medio de su estómago y se desplomó en el piso, que por más que nos quiso acompañar, a ella no pudo.

Siempre fuimos un poco trágicas. Pero aquellos susurros que pedían....agua...agua...nos hicieron comprender que Esther realmente no estaba bién después de su maravillosa caída....desmañada sobre la batea y finalmente en el suelo.

Ahí fue el exacto momento en que mi mamá se convirtió en la enfermera y reparadora de las cosas que iban sucediendo y que siguieron así por muchos años.

Nuestros conejos marcaron una época con su presencia en el galpón.

Fuimos heredando ese lugar y nos volvimos sus propietarias.

Como el pasto, como los animales que allí dormían guarecidos de cualquier noche fría, como nosotras mismas.

El campo aún está. Ya no más aquel galpón amigo.

Pero si en ese exacto lugar intentaran hacer una psicofonía...no dudo que aparecerían grabadas nuestras risas y nuestros llantos, los escándalos que armábamos y la enorme alegría que significaba vivir esa hermosa vida que los grandes nos dieron.

Aunque el galpón ya no esté,  siempre estará en nuestra memoria, en el mejor de los recuerdos y en nuestro corazón.

Otro amigo de hierro...el galpón de los conejos.

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