A ese último se traían los pollitos bebé que nacían en la incubadora que teníamos en la casa de unos amigos, tocayos de apellido.
En medio de los dos primeros, se construyó un tajamar grande también.
Era el agua asegurada para todas las aves y una más de nuestras pistas de "actividades".
Con el pasar del tiempo el tajamar perdió su profundidad, así como sus bordes, y ya nos fue mucho más cotideano y mucho menos peligroso.
Cuando aún nos estaba vedado, era una maravilla ver en pleno invierno los lozones que empezaban a boyar cuando despuntaba el día. Las heladas eran rigurosas y con seguridad no iban a perdonar a toda esa extensión de agua. Y allí nos quedábamos extasiadas en esos cubos grandotes que se movían más que nada si se metía un balde. Igual nos las ingeníabamos para moverlos.
No había palo largo que no terminara metido en el bendito tajamar ayudándonos en la tarea de mover lo que con el paso de las horas desaparecía.
Otra época que nos reunía irremediablemente a su alrededor era cuando llegaban los sapos a poner sus huevos. Eran grandes aquellos sapos pero siempre se comportaron fantástico con nosotras. Nunca los dejamos tranquilos al hacer el amor y con seguridad sería porque no sabíamos lo que significaba.
El sapo macho montaba a la hembra y se sujetaba con todas sus patas. Despegarlos fue imposible, aunque siempre lo intentamos. Y cada invierno que llegaba nos encontraba afanadas en lo que nunca pudimos lograr.
Ahí aparecía de nuevo el palo para remover todo lo profundo que podíamos y sacar enroscados en él, finos y gelatinosos hilos transparentes, repletos de huevitos rojizos.
Pasando un poco de tiempo y ya casi en el verano, cuando había partes del tajamar que se secaban o simplemente eran un lodo oscuro y revuelto, veíamos a los sapitos, perfectos y chiquitos, animarse a salir a tierra firme.
Allí nunca vimos renacuajos. El agua era definitivamente marrón. Sí los disfrutábamos, ya estando en nuestra chacra y adentro de un piletón a donde iban a parar esos huevos que se metamorfoseaban al pasar de los días, transparentes al principio, ya luego más oscuros y definitivamente maravillosos cuando podíamos pescar alguno, ponerlo en algo claro y ver la vida que había en él. Esperábamos con ansia la incipiente cola, la aparición de unos pelitos que serían luego las patas... y así siempre metidas casi de cabeza en ese piletón que vino a cerrar el círculo que abrió nuestro tajamar en nuestras vidas.
El tajamar tenía su correspondiente puente, cosa que facilitaba sacar el agua, tal y como lo ven la foto. Era una aventura subirse a él, pero siempre con alguno de mis abuelos, o mis padres o mi padrino.
También, con el pasar del tiempo ese puente se rompió y sólo quedaron los palos que lo aseguran a tierra.
Ya más grandecitas, y con el tajamar perdiendo su antigua prestancia, nos animábamos a meternos. Y toda ocasión era buena para descalzarnos y meter toda la pollera del vestido en las piernas de la bombacha y mandarnos a caminar en ese fondo fangoso del cual era dificultoso levantar los pies.
Nunca se nos ocurrió largarnos a nadar....gracias a Dios!!!!
Sí recuerdo con gran alegría cuando mi papá nos paseaba a mi prima y a mí dentro de un cajón, como si fuera un barquito. Salir de allí era una agonía, pero llegaba ese momento y no había discusión.
También recuerdo el día en que, la que hoy es mi comadre, entró muy decidida a hacer equilibrio en los palos que sostenían al puentecito, que ya no existía.
Con total resolución calzó uno de los pies en uno de los palos, tomó impulso como para levantarse del agua y calzar el otro para poder balancearse a gusto, cuando escuchamos el irremediable "crack".
Y rápidamente los palos y ella quedaron debajo del agua. Éllos definitivamente quebrados ya para siempre, y ella con su vanidad quebrada: la magnífica prueba que nos había preparado se estrelló contra los palos rotos.
Tuvimos que sacarla del agua, asustada y marrón, como un bombón gigante y desesperar ya ni sé por cuál vez a mi mamá, que era la que siempre terminaba arreglando los desaguisados perpetrados en patota. Pero mi amiga se fue muy contenta a su casa, pues mientras su ropa quedaba en casa para ver si podía nuevamente volver a ser blanca, llevaba uno de mis vestidos que le gustaba mucho.
Y así pasábamos los días, haciendo de ese lugar nuestro punto de encuentro. Era siempre buen momento, para ponernos panza al suelo, estiradas en el borde del tajamar, las caras apoyadas en las manos imaginando una nueva diablura, viendo a la gente de la casa dar de beber a las aves, locas de alegría cuando alguna pata que no se asustaba fácilmente, nos ignoraba, y se metía con su cría a nadar tranquilamente y a encontrar bichitos.
Y aunque parezca contradictorio, el tajamar siempre fue como nuestro fogón...siempre anduvimos a su alrededor, sintiendo claramente el calor de toda la vida que él significaba.


Agregué la foto del bendito puentecito...han visto que era cierto...no?
ResponderEliminar¡Que inceible lo chiquitas que éramos! entrar las dos en un cajoncito de feria
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