lunes, 27 de mayo de 2013

ESTA VEZ SÍ ESTABAN


Mucho me he lamentado de no ver nunca a los pichones.

Aún y sabiendo que sí estaban. Pero mi paloma volvió en Noviembre, juntó unas ramitas del Ramo de Novia…rearmó su nido y ya poco más fue lo que vi.

Milagrosamente hoy, en el ciprés calvo que cuida la ventana de mi trabajo, había una actividad desconocida.

Allí, una paloma y dos pichones. Una Palomita de la Virgen y dos pichones gordos. Con la cabeza llena de plumas sin aún encontrar su lugar definitivo, como cuando uno se peina y cada pelo intenta tomar un rumbo diferente. Pero gorditos, con alas que empecinadamente buscaban estirar….y estiraban…alargándose sobre cada una de sus patas….sacudiéndose.

Ví cuando intentaban casi meterse en el pico de su madre paloma. Y ella, desesperada.

Hasta que llegó un momento en el que voló. Y se fue….ya no la ví más..

Y no la ví volver en todo el día.

Sí ví a los dos pichones. Como un calco. Sentarse en el suelo, bajo el árbol. Y estar juntos. En completa comunión. Sin siquiera sentir la necesidad de separarse.

Comer pastitos, creo que esperando. Y así pasó todo el día. Y yo, a cada poco, yendo hasta la ventana para verlos y vigilarlos.

Se han subido al árbol, porque ya pueden volar. Pero después, los dos juntos, bajo la sombra cómplice,  en un día de mucho calor.

Picoteando, descansando…juntos, como verdaderos hermanos.

De alguna manera, molesté tanto que logré que mi jefe les tomara algunas fotos, que espero poder poner en este relato. Contar con su complicidad fue algo bueno, porque él como yo, comprobó lo que los pichones hacían.

No volví ver a su mamá trayendo la comida que necesitaban. Sí ví que por cortar ramas de ese bello ciprés los pichones ya no estaban.

Y ahora pienso en ellos.

Es tan delgada la línea de la seguridad y el no tenerla. Somos todos tan vulnerables…tan tiernos, aunque nos revistamos de fortaleza.

Como siempre, mis palomas me siguen enseñando.

Y esta vez ha sido la Palomita de la Virgen…esa de la que tanto me contó mi abuelo.

La palomita tonta, que de tonta no tiene nada.

Que salió disparada a buscar alimento para sus pichones, porque desde el vamos sabe lo que significa tener hijos.

Que no tenía palomo para sufrir los embates de sus hijos, como tantas mujeres no tienen a sus hombres para que las ayuden en la crianza de los bebes que alegremente engendraron, juntos.

Y poder ver el milagro de la vida y del amor, sin importar raza o especie, me ha hecho sentir ese privilegio que siento día a día, y una vez más, honrar la vida, celebrando la magnífica creación que es nuestra Madre Naturaleza, que todo nos da, y a la que tan mal pagamos diariamente.

Como buena madre  nos perdona, aunque muchas veces nos da  un susto que debe ser como ese límite, que cada buena madre pone a sus hijos. O, por el bien de ellos, debería poner.

PD.:  todo esto ocurrió el viernes. Y pensé en los pichones todo el fin de semana. Hoy al llegar al trabajo, no los vi. Y quedé con cierta pena que rápidamente se fue cuando en una de las veces que me asomé a la ventana los vi, en una rama del ciprés, uno al lado del otro. Después los vi sentados también muy juntos en el pasto. Bien cerquita de donde caminamos, sin miedo y confiados.

Otra PD.: pasó toda la semana y un día sí y otro también, un rato sí y al otro también, recurrentemente,  los pichones han vuelto al ciprés. Ya suben más alto y ahora soy yo la que se estira para poder encontrarlos. El lunes llevaré arroz. Con la ilusión de encontrarlos y de paso, ayudar a la mamá paloma que ya debe estar flaquita de tanto vuelo para traerles la comida. Son muy perezosos, pero ya llegará el día en que sean ellos los que tengan su nido y sus pichones y se desvivan por protegerlos y alimentarlos. Sigo aprendiendo….


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